El diálogo interno, retorno

Sobre las fotografías de Quetzal León

Escucha el mar y date cuenta de que estás solo, a pesar de estar rodeado de gente, estás solo. Muy a lo lejos habrían yates pero aquí junto a nosotros los animales inflables guardan silencio mientras los niños lloran por una nieve que ha caído en la arena. Sigues solo. Da otro vistazo a la playa, reconoces fácilmente la bruma que crean esas multitudes bailando al ritmo de una canción de moda, y poco después, te llega el aroma del pescado asado y el bronceador mezclados como en una muy mala receta de cocina. Si bajáramos el volumen de la música quizás percibiríamos el canto de algunas guacamayas, tal vez al apagar el motor de las motocicletas acuáticas escucharíamos perfectamente a las gaviotas mientras se sumergen, clavadas desde muy alto, para atrapar a un pez cerca de nosotros.

La fotografía registra, como le es natural, instantes definidos por la mirada de un individuo. Ahora ese individuo aparece solo, rodeado de mucha gente en alguna playa lejana, y entre la fotografía, sus instantes y nosotros (también solos) nos dedicaremos a repetir no solo los colores, las texturas, las luces, sino cúmulos de vida condensados perfectamente en cada cuadro. Recordamos nuestras propias anécdotas pasando por cada toma. Nos identificamos. Somos parte.

Quetzal León se sumerge en Retorno, no en el agua si no en la gente, y pesca entre la vida ajetreada de las vacaciones, algunos instantes de silencio que nos recuerdan que estamos solos, dejándonos así, por fin tener ese diálogo interno que muchas veces hemos dejado de escuchar entre el ruido cotidiano. Ahora la soledad es placentera. En silencio, la gente grita, los niños lloran, los recuerdos aparecen y todos nosotros somos espectadores con los pies hundidos en la arena.

Ricardo Guzmán
Curador